El Barómetro Mintos 2026 revela una paradoja en el Día de la Educación Financiera: los menores de 35 años recurren mucho más a las redes sociales para informarse sobre inversión, pero el 39% admite tener pocos o ningún conocimiento financiero
Nunca habíamos tenido tanta información financiera al alcance de la mano.
Vídeos, pódcast, redes sociales, cursos, blogs y comunidades digitales permiten aprender en unas horas conceptos que hace apenas unos años estaban prácticamente reservados a profesionales o personas con formación específica.
Sin embargo, tener acceso a información no significa necesariamente tener educación financiera.
El Barómetro Mintos 2026 muestra precisamente esa paradoja entre los españoles más jóvenes: aunque están considerablemente más expuestos a contenidos relacionados con inversión, casi cuatro de cada diez menores de 35 años reconocen tener pocos o ningún conocimiento sobre inversiones financieras.
El problema aumenta con la edad. Entre los mayores de 55 años, el porcentaje alcanza el 59%.
En sentido contrario, el 32% de los menores de 35 años considera que dispone de buenos conocimientos sobre inversión, mientras que solamente el 13% de los mayores de 55 comparte esa percepción.
Los datos proceden del estudio Barómetro Mintos 2026: El Mapa de la Inversión en España, realizado por Sapio Research sobre 1.200 consumidores representativos de la población española. Las encuestas se realizaron entre marzo y abril de 2026 y presentan, a nivel general, un margen de error de ±2,8% con un nivel de confianza del 95%.
Las redes sociales se convierten en una escuela financiera
La edad no solamente condiciona cuánto creemos saber sobre inversión.
También determina dónde aprendemos.
El 27% de los menores de 35 años utiliza las redes sociales como una de sus fuentes de información sobre inversión. El porcentaje disminuye hasta el 17% entre quienes tienen entre 35 y 54 años y cae al 7% entre los mayores de 55.
Algo parecido sucede con páginas web, blogs, pódcast y cursos digitales. Son utilizados como fuente de información por el 26% de los menores de 35 años y por el mismo porcentaje entre 35 y 54, pero solamente por el 17% de los mayores de 55.
En este último grupo aparece, en cambio, una mayor confianza en el asesoramiento profesional: el 22% identifica a los asesores financieros como fuente de aprendizaje.
La fotografía generacional resulta especialmente interesante.
Los jóvenes disponen de más canales, más información y acceso prácticamente instantáneo a contenidos financieros.
Pero una parte considerable continúa reconociendo que no sabe lo suficiente para invertir.
Información financiera no es lo mismo que educación financiera
La diferencia puede parecer semántica, pero resulta fundamental.
Una persona puede consumir diariamente vídeos sobre bolsa, Bitcoin, criptomonedas, ETFs o trading y continuar sin comprender correctamente conceptos como riesgo, diversificación, volatilidad, interés compuesto o relación entre rentabilidad y pérdida potencial.
Las redes sociales han democratizado extraordinariamente el acceso a la información financiera.
También han eliminado buena parte de los filtros.
Un economista, un asesor financiero, un inversor experimentado y un creador de contenido sin formación específica pueden aparecer consecutivamente en el mismo feed.
Para el usuario, distinguir entre educación, opinión, publicidad y recomendación de inversión no siempre resulta sencillo.
Y en mercados como el de las criptomonedas esta diferencia adquiere todavía más importancia.
La facilidad para comprar un activo digital desde un teléfono móvil ha reducido enormemente la barrera tecnológica para invertir. La barrera del conocimiento, sin embargo, no necesariamente ha disminuido a la misma velocidad.
El miedo a perder dinero frena a los jóvenes
Los datos del estudio permiten observar las consecuencias de esa inseguridad.
Entre las personas que actualmente no invierten, el 29% de los menores de 35 años reconoce no confiar suficientemente en sus conocimientos o no saber por dónde empezar.
Además, el 34% señala el miedo a perder dinero como una de las barreras para hacerlo.
En los grupos de mayor edad aparece otro problema.
La falta de recursos económicos adquiere progresivamente más importancia: mientras que afecta al 26% de los no inversores menores de 35 años, aproximadamente dos de cada cinco mayores de 55 años la identifican como barrera.
Tenemos, por tanto, problemas diferentes.
Para una parte de los jóvenes existe interés y acceso a información, pero falta confianza y conocimiento.
Entre los mayores aumenta el peso de las limitaciones económicas.
El 55% de los jóvenes que no invierte podría hacerlo
Y aquí aparece probablemente el dato más interesante del estudio.
La falta de conocimientos no significa falta de interés.
Todo lo contrario.
Entre quienes actualmente no invierten o dejaron de hacerlo, el 55% de los menores de 35 años afirma que podría comenzar a invertir en el futuro.
Entre los mayores de 55 años el porcentaje se reduce al 27%.
Además, casi tres de cada diez encuestados aseguran que comprender mejor cómo funciona la inversión les animaría a empezar a invertir o continuar haciéndolo.
Es difícil encontrar una demostración más clara de la relación entre conocimiento y participación financiera.
Existe interés.
Existe información.
Existe tecnología para acceder a los mercados.
Pero sigue faltando una pieza: formación estructurada que permita convertir información en conocimiento y conocimiento en decisiones razonadas.
¿Debería enseñarse educación financiera en las aulas?
Mintos lleva esta cuestión hasta el sistema educativo.
La compañía defiende que la educación financiera debería formar parte del aprendizaje reglado y propone la introducción de formación específica sobre finanzas personales.
Su CEO y cofundador, Martins Sulte, lo plantea así:
“La educación financiera no debería dejarse al azar ni depender de las redes sociales. Debe formar parte del aprendizaje en las aulas, donde los estudiantes puedan aprender de profesionales cualificados”.
La propuesta incluye conceptos aparentemente elementales, pero decisivos para la vida adulta: elaboración de presupuestos, ahorro para imprevistos e inversión.
La cuestión va mucho más allá de enseñar a comprar acciones, ETFs o Bitcoin.
Educación financiera significa comprender una hipoteca antes de firmarla, saber qué implica endeudarse, distinguir rentabilidad nominal de rentabilidad real, entender cómo funciona la inflación o calcular qué efecto tienen los intereses sobre una deuda.
Y también significa saber que una inversión puede salir mal.
Bitcoin ha hecho todavía más urgente este debate
El ecosistema de activos digitales proporciona probablemente uno de los mejores ejemplos de por qué la educación financiera necesita evolucionar.
Nunca había sido tan sencillo acceder a instrumentos financieros y activos de elevada volatilidad.
Un teléfono móvil y unos minutos pueden ser suficientes para comprar Bitcoin, stablecoins, memecoins o determinados productos de inversión.
Esa accesibilidad es positiva.
Pero también traslada una mayor responsabilidad al usuario.
Comprender la diferencia entre invertir y especular, saber quién custodia los activos, entender qué significa controlar una clave privada o reconocer que una rentabilidad extraordinariamente elevada suele implicar también un riesgo extraordinariamente elevado forman parte de la alfabetización financiera contemporánea.
Enseñar finanzas personales en 2026 implica necesariamente enseñar también cómo funciona el dinero digital.
El verdadero reto no es acceder a información
Durante décadas, uno de los grandes obstáculos para aprender sobre inversión fue precisamente conseguir información.
Internet solucionó buena parte de ese problema.
Ahora tenemos otro.
Hay demasiada.
El reto para las nuevas generaciones consiste en aprender a distinguir una fuente fiable de una opinión, una explicación de una promoción y una inversión razonada de una promesa de enriquecimiento rápido.
Los datos del Barómetro Mintos muestran que los jóvenes españoles quieren aprender y que muchos quieren invertir.
Pero también muestran que una parte importante todavía no se siente preparada para hacerlo.
Quizá esa sea la principal conclusión del Día de la Educación Financiera de este año.
La democratización de la inversión no termina cuando todo el mundo puede acceder a los mercados. Termina cuando todo el mundo dispone también de los conocimientos necesarios para decidir si debe hacerlo.

