«Ya no podemos considerar la voz o la imagen en una videollamada como prueba suficiente de identidad»

"Ya no podemos considerar la voz o la imagen en una videollamada como prueba suficiente de identidad"

Los investigadores de Avast descubrieron Phantom Deal después de que un grupo de ciberdelincuentes intentara suplantar a directivos de Gen para conseguir una transferencia fraudulenta de más de 626.000 euros.

Luis Corrons, Security Evangelist de Avast, analiza para Territorio Bitcoin una amenaza que demuestra hasta qué punto la ingeniería social puede poner en jaque los procesos internos de una empresa y cómo la inteligencia artificial podría hacer estos ataques todavía más convincentes.

Los ciberdelincuentes no necesitaron instalar malware, explotar una vulnerabilidad ni hacerse con las credenciales de una cuenta corporativa. Para construir Phantom Deal recurrieron a algo diferente: información pública, identidades reales, WhatsApp, correo electrónico y un acuerdo de confidencialidad falso.

El ataque descubierto por investigadores de Avast comenzó cuando los delincuentes contactaron con un miembro del equipo legal de Gen haciéndose pasar por un directivo real de la compañía. A partir de ahí construyeron una supuesta operación corporativa confidencial en la que llegaron a solicitar una transferencia internacional de 626.735,45 euros.

La víctima debía creer que saltarse determinados controles internos era precisamente una condición necesaria para preservar la confidencialidad de la operación. Esa combinación de autoridad, urgencia y secreto constituye uno de los aspectos más relevantes de Phantom Deal.

El intento de fraude, sin embargo, terminó convirtiéndose en una investigación. Avast continuó la interacción con los atacantes y logró obtener información sobre sus métodos de actuación. El análisis posterior del NDA falso permitió, además, localizar documentos prácticamente idénticos relacionados con otros cuatro objetivos, lo que apunta a una campaña de fraude corporativo más amplia.

Para conocer cómo funcionan estos ataques y hasta qué punto la inteligencia artificial puede aumentar su sofisticación, entrevistamos a Luis Corrons, Security Evangelist de Avast y uno de los investigadores de Phantom Deal.

Phantom Deal no utiliza malware ni compromete cuentas corporativas. ¿Estamos entrando en una etapa en la que los ciberdelincuentes ya no necesitan hackear sistemas, sino que les basta con hackear los procesos de decisión de las empresas?

Phantom Deal demuestra muy claramente que un ataque no necesita explotar una vulnerabilidad técnica para tener consecuencias potencialmente muy graves. En este caso no hubo malware, archivos adjuntos maliciosos ni cuentas corporativas comprometidas. Los atacantes utilizaron información pública, identidades reales, la historia corporativa de la empresa y procedimientos empresariales conocidos para intentar provocar un fallo en los procesos internos.

Su objetivo era convencer a la víctima de que saltarse los controles habituales era necesario para proteger una operación confidencial. Es una forma de ingeniería social especialmente peligrosa porque el ataque no busca vulnerar un sistema, sino manipular a una persona para que sea ella misma quien ignore los mecanismos de seguridad.

Entonces, lo que nos muestra Phantom Deal es que las empresas no pueden limitarse a protegerse únicamente de malware o actividades técnicas sospechosas. También deben proteger sus procesos de toma de decisiones y establecer controles que no puedan ser anulados mediante argumentos de autoridad, urgencia o confidencialidad.

El empleado detectó inicialmente el fraude porque conocía personalmente al directivo y reconoció que aquella no era su voz. Si los atacantes hubieran utilizado IA para clonar su voz, ¿podría Phantom Deal haber terminado de otra manera? ¿Estamos preparados para ataques de este nivel?

Efectivamente, por fortuna David, la persona que recibió esta llamada, conocía a la persona que estaba siendo suplantada y por eso reconoció que esa no era su voz.

La IA habría podido hacer este ataque bastante más peligroso. Si los delincuentes hubieran utilizado una clonación de voz convincente, podrían haber eliminado precisamente una de las señales que permitió detectar el fraude tan pronto. Hoy, con suficiente material público de una persona, por ejemplo entrevistas, conferencias, vídeos o podcasts, es posible generar imitaciones de voz cada vez más creíbles.

Eso no significa que el ataque hubiera tenido éxito, porque había otras señales de alerta, como el uso de un número de teléfono distinto, el intento de trasladar la conversación a WhatsApp y al correo personal, o las inconsistencias en la propia operación. Pero sí habría podido alargar el engaño y aumentar notablemente su credibilidad.

La consecuencia es que ya no podemos considerar la voz, e incluso la imagen en una videollamada, como una prueba suficiente de identidad. Para operaciones sensibles, la verificación debe hacerse por un canal independiente y siguiendo procedimientos previamente establecidos. Aunque la persona al otro lado suene exactamente como nuestro CEO, eso no debería ser suficiente para saltarse un control de seguridad o autorizar un pago.

En cualquier caso, no tenemos evidencias de que los atacantes de Phantom Deal utilizaran IA para clonar voces. Aquí estamos hablando de cómo esa tecnología podría haber reforzado una técnica de ingeniería social que ya era efectiva por sí sola.

Los delincuentes conocían nombres, cargos, relaciones empresariales e incluso utilizaron la historia real de Avast y NortonLifeLock para construir su relato. ¿Hasta qué punto puede un atacante reconstruir hoy el funcionamiento interno de una empresa utilizando únicamente información pública y herramientas de IA?

Phantom Deal demuestra hasta qué punto la información disponible públicamente puede ser utilizada para distintos fines, incluso delictivos. Los atacantes investigaron a ejecutivos y asesores reales, utilizaron sus nombres e identidades y estudiaron la historia corporativa de la empresa, incluyendo la adquisición de Avast por NortonLifeLock y la posterior creación de Gen Digital.

Las campañas masivas siguen existiendo y continúan siendo una parte muy importante del panorama de amenazas. Lo que vemos en paralelo es un aumento de ataques mucho más personalizados, en los que los delincuentes dedican más esfuerzo a conocer a la organización y a la persona que quieren engañar. En Phantom Deal, por ejemplo, los atacantes seleccionaron objetivos reales y adaptaron la historia a contextos en los que una adquisición, una inversión o una operación corporativa podían resultar creíbles.

Hoy existe una enorme cantidad de información pública sobre las organizaciones: nombres y cargos de empleados, relaciones profesionales, adquisiciones, asesores externos, proveedores, proyectos, ubicaciones, entrevistas, perfiles en redes profesionales o documentación corporativa publicada. Si se recopila y se relaciona adecuadamente, esa información puede ofrecer una imagen bastante detallada de cómo funciona una empresa y de quién podría resultar un objetivo interesante para un determinado tipo de fraude.

La IA puede llevar esto un paso más allá porque reduce mucho el esfuerzo necesario para recopilar, relacionar y analizar toda esa información. Puede ayudar a identificar personas relevantes, reconstruir relaciones entre ellas, determinar qué tipo de historia podría resultar creíble para un objetivo concreto y generar mensajes o documentos adaptados al contexto, al idioma y al perfil de la víctima.

Eso sí, no tenemos evidencias de que los responsables de Phantom Deal utilizaran herramientas de IA. Lo que demuestra este caso es que ya existe suficiente información pública para construir ataques muy personalizados, y que la IA puede hacer ese trabajo previo de investigación y preparación mucho más rápido y escalable.

Uno de los elementos más sofisticados es el NDA falso, porque convierte la confidencialidad en una herramienta para aislar a la víctima. ¿Cómo puede una empresa verificar una operación verdaderamente confidencial sin romper esa confidencialidad y, al mismo tiempo, evitar precisamente este tipo de fraude?

Esta es una de las principales lecciones de Phantom Deal. Por muy confidencial que sea una operación o un proceso, nunca se debería impedir la autenticación independiente como medida de protección.

Un NDA puede limitar quién conoce una transacción, pero no debería eliminar los mecanismos de verificación. Las empresas deberían establecer procedimientos específicos para operaciones sensibles, de forma que Legal, Finanzas, Tesorería o Corporate Development tengan rutas de escalado claramente definidas incluso cuando la información esté restringida a un grupo reducido.

Las instrucciones de pago deben verificarse a través de un canal establecido de forma independiente, y ningún ejecutivo, por muy alto nivel que tenga dentro de la compañía, debería poder anular los controles habituales.

En definitiva, el secreto puede limitar quién participa en una operación, pero nunca debería impedir comprobar que la operación es auténtica.

Los atacantes solicitaron exactamente 626.735,45 euros y posteriormente pidieron documentación de la transferencia. ¿Qué os reveló su comportamiento sobre el grado de profesionalización y conocimiento del sistema financiero que tenían quienes estaban detrás del ataque?

El comportamiento de los atacantes mostró un conocimiento muy concreto del proceso de una transferencia internacional. No se limitaron a solicitar el pago de 626.735,45 euros a una empresa en Hong Kong: posteriormente insistieron en obtener un SWIFT MT103, un documento utilizado como prueba formal de que una transferencia internacional ha sido ejecutada.

Cuando tuvieron problemas para acceder a la confirmación enviada durante la investigación, también solicitaron el UETR, la referencia única utilizada para rastrear un pago a través de la red SWIFT.

Según la investigación, estas peticiones confirmaban que los atacantes querían comprobar que los fondos estaban realmente en movimiento y obtener la información necesaria para seguir la transferencia, reduciendo potencialmente el tiempo disponible para que la empresa o el banco pudieran intervenir.

Avast decidió seguir interactuando con los delincuentes y convertir el intento de fraude en una investigación. ¿Qué pudisteis descubrir sobre su infraestructura, su metodología y su forma de operar, y qué sigue sin saberse sobre quién está detrás de Phantom Deal?

La investigación permitió descubrir varios elementos importantes sobre la metodología de la operación.

Los investigadores prepararon documentación bancaria falsa y una confirmación de transferencia con un enlace controlado mediante un canary token, lo que permitió observar cómo interactuaban los atacantes con la información sin enviar dinero ni datos bancarios reales.

El enlace registró 49 solicitudes HTTP desde 43 direcciones IP durante 24 días, aunque una parte importante correspondía a escáneres automatizados, servicios en la nube y sistemas de análisis de red. Tras filtrar ese ruido, los investigadores identificaron accesos repetidos a través de VPN, proxies y varias conexiones de internet no asociadas a servicios de alojamiento, con un comportamiento compatible con personas que regresaban repetidamente para comprobar la información sobre la supuesta transferencia.

Sin embargo, estos datos no fueron suficientes para atribuir la operación ni para determinar la ubicación real de los responsables. Algunas conexiones procedían de rangos de proveedores de internet convencionales, pero eso únicamente indica desde dónde salía el tráfico, no necesariamente dónde se encontraban físicamente los delincuentes.

Lo que sí permitió avanzar especialmente la investigación fue el análisis del NDA falso. Su estructura, redacción e identificadores internos llevaron a los investigadores a localizar otros cuatro objetivos relacionados con documentos prácticamente idénticos.

Habéis localizado ataques similares contra organizaciones de sectores muy diferentes. ¿Estamos ante una campaña organizada que utiliza una especie de plantilla de fraude corporativo que posteriormente personaliza para cada empresa y cada víctima?

La evidencia apunta a una campaña más amplia basada en un modelo genérico de fraude corporativo, aunque con una importante personalización para cada objetivo.

Los investigadores localizaron otros cuatro documentos NDA relacionados con personas objetivo de sectores como private equity, finanzas industriales, ventas, minería y energía. Las empresas, los asesores y las narrativas de la adquisición cambiaban, pero los documentos mantenían la misma estructura, lenguaje legal y reglas de comunicación.

También compartían un identificador numérico inusual, un tipo de rastro que suele permanecer cuando se reutiliza una plantilla y solo se modifican los elementos más visibles, como nombres, fechas, logos o referencias de la operación.

Todo ello apunta a que los atacantes no construían cada fraude desde cero, sino que habían desarrollado un paquete reutilizable de fraude relacionado con operaciones de M&A que podían adaptar a diferentes empresas y personas.

No obstante, los investigadores señalan que la evidencia no permite afirmar que todos los objetivos recibieran exactamente las mismas instrucciones de pago ni que cada operación fuera ejecutada necesariamente por la misma persona.

Y llevándolo al terreno de los activos digitales, si en lugar de una transferencia bancaria los delincuentes hubieran exigido el pago en bitcoin, stablecoins u otra criptomoneda, ¿Cómo habría cambiado la investigación, la capacidad de rastrear los fondos y las posibilidades de recuperarlos?

Habría cambiado bastante la investigación, pero no necesariamente de una forma que hiciera todo más fácil o más difícil. Sería un escenario diferente.

Si nos hubieran proporcionado una dirección de Bitcoin, esa dirección se habría convertido inmediatamente en un nuevo indicador para la investigación. Las transacciones de Bitcoin quedan registradas públicamente en la blockchain, por lo que es posible seguir el movimiento de los fondos entre direcciones e intentar identificar conexiones con exchanges, servicios conocidos u otras carteras relacionadas. El problema es que una dirección no contiene el nombre de su propietario. Podemos seguir el dinero, pero atribuir esa dirección a una persona concreta normalmente requiere información adicional y, en muchos casos, la colaboración de exchanges u otras entidades.

La recuperación también sería diferente. En una transferencia bancaria existe un sistema financiero con intermediarios a los que se puede intentar avisar para bloquear o recuperar los fondos. Una transacción de Bitcoin no puede simplemente cancelarse o revertirse una vez confirmada. Si los fondos terminan en un exchange o custodio identificado puede existir una oportunidad para bloquearlos mediante los procedimientos legales correspondientes, pero si el atacante los mueve rápidamente entre diferentes carteras, servicios, cadenas o mecanismos diseñados para dificultar el rastreo, la recuperación se complica mucho.

Con algunas stablecoins aparece además otra variable. Al existir un emisor central, determinadas stablecoins permiten congelar fondos asociados a ciertas direcciones. Eso puede crear una posibilidad de intervención si el fraude se detecta rápidamente y existe cooperación del emisor y de las autoridades. No ocurre así con Bitcoin, donde no existe una entidad central capaz de congelar una dirección.

Así que no diría que las criptomonedas hacen necesariamente imposible seguir el dinero. De hecho, una blockchain pública puede proporcionar una trazabilidad muy valiosa. El reto está en unir las direcciones con identidades reales y, sobre todo, actuar antes de que los fondos pasen por suficientes intermediarios o mecanismos de ocultación como para que recuperarlos resulte mucho más difícil.

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