La exposición constante a viajes, restaurantes, compras e inversiones en redes sociales puede trasladarse a decisiones financieras impulsivas.
El fenómeno adquiere una nueva dimensión cuando tarjetas, wallets y sistemas de financiación reducen la distancia entre querer algo y poder comprarlo.
Mirar el teléfono y descubrir que un amigo está de viaje, que un influencer acaba de comprar un producto, que alguien ha conseguido entradas para un concierto o que una determinada inversión parece estar generando grandes beneficios puede producir algo más que curiosidad. También puede desencadenar la sensación de estar quedándose fuera de algo.
Es el denominado FOMO —Fear Of Missing Out o miedo a perderse algo—, un fenómeno conocido desde hace años en las redes sociales que está adquiriendo una dimensión específicamente económica: el FOMO financiero.
Una investigación publicada el pasado 3 de octubre por Empower permite dimensionar el fenómeno en Estados Unidos. Cerca del 70% de los miembros de la Generación Z encuestados asegura experimentar FOMO financiero mientras utiliza las redes sociales. Además, el 57% del conjunto de participantes reconoce haber tomado alguna decisión financiera después de observar online el estilo de vida de otras personas.
Los datos no pueden extrapolarse directamente a España o Latinoamérica, pero muestran cómo la comparación social puede trasladarse desde la pantalla hasta el bolsillo.
De mirar una publicación a gastar dinero
El FOMO financiero aparece cuando el temor a quedar excluido de una experiencia, tendencia u oportunidad comienza a influir en las decisiones económicas.
Desde Adelantos.com, plataforma argentina de créditos online, lo describen como la tendencia a gastar dinero —en ocasiones más del disponible— impulsada por el deseo de pertenecer o de participar en experiencias que otras personas están mostrando.
El mecanismo adquiere especial relevancia en un ecosistema digital en el que la exposición al consumo es prácticamente permanente.
Viajes, restaurantes, dispositivos electrónicos, ropa o eventos aparecen continuamente mezclados con contenidos personales. A ello se han sumado durante los últimos años las inversiones: criptomonedas, acciones y otras oportunidades financieras también forman parte de lo que los usuarios muestran en sus perfiles.
Los datos de Empower ofrecen algunos ejemplos. Entre quienes reconocen experimentar FOMO financiero, la restauración y los viajes figuran entre los principales motivos de gasto. Un 16% afirma haber realizado inversiones por este impulso y aproximadamente un 11% señala específicamente las criptomonedas.
El fenómeno, por tanto, ya no consiste únicamente en querer tener el mismo teléfono o visitar el mismo restaurante que otra persona. También puede trasladarse a la forma en la que se toman decisiones financieras.
Cuando el crédito elimina la fricción
Existe además un factor que diferencia el consumo digital actual del de hace unos años: cada vez resulta más sencillo separar el momento de comprar del momento de pagar.
Tarjetas, wallets, financiación instantánea y servicios Buy Now, Pay Later permiten completar determinadas compras sin disponer inmediatamente de todo el dinero necesario.
La tecnología aporta comodidad y nuevas posibilidades de financiación, pero también puede reducir una de las barreras tradicionales frente a una compra impulsiva: tener que disponer previamente del dinero.
En otras palabras, las redes sociales pueden generar el deseo mientras las herramientas financieras digitales reducen la fricción necesaria para convertirlo inmediatamente en gasto.
Eso no significa que el crédito digital o los sistemas de pago aplazado provoquen por sí mismos comportamientos financieros problemáticos. La cuestión es cómo interactúan con otros factores, como la impulsividad, la comparación social y la capacidad de planificación.
El FOMO también afecta al bienestar financiero
La relación entre FOMO y comportamiento económico comienza además a contar con evidencia académica.
Un estudio publicado en PLOS ONE analizó a 863 adultos estadounidenses de entre 18 y 40 años usuarios de redes sociales que seguían a influencers. Los investigadores encontraron una asociación directa entre niveles elevados de FOMO y menores niveles percibidos de bienestar social, psicológico y financiero.
La investigación también encontró una relación entre FOMO y vínculos más fuertes con influencers, así como entre estas relaciones parasociales y una mayor predisposición al denominado social shopping. Sus autores advierten, no obstante, de que la relación es compleja y que algunos de esos vínculos también pueden asociarse con percepciones positivas de bienestar.
Otro trabajo centrado en la Generación Z encontró que una mayor interacción con redes sociales incrementaba el FOMO y que este, a su vez, estaba relacionado con una mayor compra impulsiva. El estudio analizó a 237 participantes y apunta a la educación financiera y al autocontrol digital como posibles herramientas preventivas.
No se trata, por tanto, de asumir que utilizar Instagram, TikTok o YouTube conduce necesariamente a gastar más. Los estudios muestran asociaciones entre determinados comportamientos que dependen también de la situación económica y psicológica de cada persona.
Los jóvenes están especialmente expuestos
Adelantos señala a los adultos jóvenes como uno de los grupos especialmente expuestos al fenómeno por la combinación de varios elementos: mayor utilización de redes sociales, ingresos todavía limitados durante las primeras etapas laborales, acceso sencillo a diferentes modalidades de crédito y menor experiencia en planificación financiera.
Los datos estadounidenses de Empower apuntan en la misma dirección. Cerca del 70% de la Generación Z declara experimentar FOMO financiero, frente al 57% de millennials y generación X y el 28% de los baby boomers.
Hay, sin embargo, otra cara del fenómeno.
El 71% de los participantes en ese estudio afirma que observar a otras personas alcanzar objetivos económicos también puede servir como estímulo para mejorar sus propios hábitos financieros. Algunos usuarios aseguran haberse sentido motivados para invertir, abrir una cuenta de ahorro o mejorar su estrategia para reducir deuda.
Las redes sociales pueden actuar, por tanto, simultáneamente como escaparate de consumo y como canal de educación financiera.
La diferencia puede encontrarse en la capacidad del usuario para distinguir entre ambos.
Esperar antes de comprar
Frente a la presión por consumir inmediatamente, una de las recomendaciones más sencillas consiste precisamente en introducir nuevamente fricción en el proceso de compra.
Adelantos propone preguntarse antes de gastar si realmente se desea o necesita aquello que se está a punto de comprar o si la decisión responde principalmente al miedo a quedar excluido.
También recomienda establecer un periodo de espera de 48 horas para las compras no planificadas de cierta importancia, fijar objetivos financieros propios y revisar periódicamente si las decisiones tomadas permiten avanzar hacia ellos.
Otro mecanismo consiste en reservar dentro del presupuesto una cantidad específica para ocio y experiencias. La finalidad no es eliminar ese tipo de gasto, sino evitar que cada oportunidad aparecida en las redes sociales se transforme en una excepción al presupuesto.
Hablar abiertamente sobre dinero también forma parte de las recomendaciones: poder rechazar un plan porque no encaja en el presupuesto disponible evita convertir la pertenencia social en una obligación financiera.
Del FOMO de consumo al FOMO de inversión
En el ecosistema de los activos digitales, el concepto resulta especialmente familiar.
El FOMO ha acompañado numerosos ciclos de Bitcoin y del mercado de criptomonedas: una subida rápida del precio genera atención en redes sociales, las historias sobre ganancias se multiplican y nuevos compradores entran ante el temor de perderse una oportunidad.
El mecanismo psicológico no es demasiado diferente del que puede llevar a comprar unas entradas o reservar un viaje porque otras personas están haciéndolo. Lo que cambia es el activo y, sobre todo, el riesgo financiero asociado.
Por eso la educación financiera digital empieza a necesitar algo más que explicar qué es un presupuesto o cómo funciona un tipo de interés. También requiere comprender cómo el entorno digital puede influir en una decisión económica antes incluso de que seamos conscientes de ello.
La tecnología ha reducido enormemente la distancia entre descubrir algo, desearlo, financiarlo y comprarlo.
Aprender a introducir unos minutos —o unas horas— entre esos cuatro pasos puede terminar siendo una de las habilidades financieras más útiles de la economía digital

