En el ámbito financiero global, donde las grandes potencias aún debaten si las criptomonedas son el futuro o una burbuja especulativa, un nuevo jugador en Europa del Este ha decidido pisar con fuerza controlando y domesticando al mercado cripto de su país.
Bielorrusia, bajo el mando de Aleksandr Lukashenko, ha dejado de “experimentar” con el blockchain para convertirlo en una pieza central de su arquitectura nacional, por lo que ha firmado el Decreto N.º 19 y la reciente publicación de las normativas operativas del Banco Nacional, el país ha inaugurado oficialmente la era de los “criptobancos”.
Pero no nos engañemos esto no es una utopía libertaria, porque concretamente es la construcción de un ecosistema digital bajo un control estatal sin precedentes, donde la eficiencia tecnológica y la vigilancia soberana caminan de la mano, algo parecido a lo que sucede en su país vecino, Rusia.
Hasta hoy, el mundo financiero estaba dividido por un muro invisible que mostraba a un lado, los bancos tradicionales (fiat) con su burocracia y seguridad, mientras que por el otro, los exchanges de criptomonedas con su agilidad y riesgo y es allí donde el decreto bielorruso derriba ese muro.
Un criptobanco en Bielorrusia es, por ley, una entidad híbrida, que actuando como una sociedad anónima, tiene el permiso explícito de combinar depósitos en rublos con el staking de Ethereum ($ETH), o préstamos hipotecarios con la custodia de Bitcoin ($BTC).
Para el ciudadano y el inversor, esto significa que la “zona gris” ha desaparecido y ya no hay que explicarle a un oficial de cumplimiento de dónde salieron esos activos digitales, porque el banco mismo es el custodio, el auditor y el facilitador.
El vicegobernador del Banco Nacional de Bielorrusia, Alexander Egorov, informó que arrancaban con una lista inicial de 26 activos permitidos que no es cerrada (que incluye a gigantes como Bitcoin, Solana y la red Toncoin) y 11 categorías comerciales principales, lo que le permitirá al regulador adaptarse al ritmo frenético del mercado.

Sin embargo, la libertad tiene un precio en Bielorrusia y es la exclusividad, porque la visión de ese país se asemeja a la de un “jardín vallado”, en donde, se puede decir que mientras el gobierno otorga estatus legal y seguridad jurídica, también ha comenzado a cerrar las puertas a la competencia externa.
A finales de 2024, el bloqueo temporal a plataformas globales como Bybit, OKX y Bitget envió un mensaje a todos los grandes exchanges globales, que decía: “si quieres operar en Bielorrusia, debes estar dentro del sistema”.
Además, de la obligatoriedad de ser residente del Parque de Alta Tecnología (HTP) y figurar en el registro del Banco Nacional, lo cual crea un filtro donde solo los actores que aceptan la “doble supervisión” pueden jugar.
Es una jugada maestra de control interno, ya que al restringir el comercio P2P (entre particulares) y forzar el uso de infraestructuras nacionales, el Estado se asegura de que cada token que circula por sus venas financieras sea rastreable, gravable y, sobre todo, localizable.
¿Por qué un inversor aceptaría este nivel de vigilancia? La respuesta es simple y no es otra que la rentabilidad, porque el Decreto N.º 19 ya viene acompañado de una estructura fiscal que haría salivar a cualquier gestor de fondos en Londres o Nueva York.
Mientras que la tasa impositiva estándar para negocios no residentes oscila entre el 20% y el 25%, los residentes del HTP y los operadores de criptobancos gozan de un tipo preferencial del 9%, una tasa más que atractiva para cualquier negocio que cuide sus beneficios.
En un momento donde Bitcoin ha coqueteado con los 77.500 dólares de acuerdo a TradingView y activos como Monero ($XMR) alcanzan los 377 dólares, la diferencia de 15 puntos porcentuales en impuestos es suficiente para que muchos olviden sus reservas sobre la privacidad y se muden al ecosistema bielorruso.
Sin embargo, la ambición de Minsk no se detiene en la banca porque la estrategia es vertical, ya que el presidente Lukashenko ha sido pragmático al ordenar que la infraestructura de minería se despliegue en regiones con excedentes de energía, apuntando directamente a sus instalaciones de energía nuclear.
De esta manera, Bielorrusia está haciendo algo que pocos países han logrado conceptualizar, que es convertir el exceso de átomos en bits de valor financiero porque al usar energía nuclear —barata y constante— para alimentar granjas de minería estatales y privadas bajo el ala del HTP, el país asegura que la “producción” del activo digital sea tan nacional como la regulación de su custodia.
Aunque, ciertamente no todo es optimismo en los pasillos financieros internacionales, porque algunos analistas advierten que esta “hiper-regulación” podría asfixiar la innovación que suele nacer en entornos descentralizados.
De igual manera, la dependencia de un sistema de doble supervisión (HTP y Banco Central) añade capas de complejidad administrativa que podrían ralentizar la ejecución en un mercado donde los segundos cuentan.

También hay que considerar que existe el riesgo reputacional, por lo que al posicionarse como un centro cripto regional con reglas tan específicas, Bielorrusia se pone en la mira de organismos internacionales que vigilan el lavado de dinero y la evasión de sanciones.
De allí que, el gobierno de Lukashenko responda a estas intenciones con la “transparencia regulatoria” que han decretado en ese país, argumentando que su sistema es más rastreable que el caos del mercado no regulado.
Si bien es cierto, que algunos ven lo que está sucediendo en Bielorrusia como un experimento socioeconómico a gran escala, porque han entendido que las criptomonedas no van a desaparecer y que la mejor forma de combatirlas es integrarlas, domesticarlas y cobrarles impuestos, hay quienes que no ven más que la búsqueda de beneficios inmediatos y control político.
Pero en todo caso, el modelo bielorruso ofrece una respuesta a la pregunta que atormenta a los bancos centrales: ¿Cómo permitimos la innovación sin perder el control? La solución de Minsk es determinadamente una vía que crea un banco que hable ambos lenguajes, dale una planta nuclear para que se alimente y asegúrate de que tenga las llaves de la puerta de entrada.
Si este modelo de “Banca Híbrida Soberana” logra estabilidad en los próximos dos años, podríamos estar ante el plano arquitectónico que seguirán otras naciones emergentes sobre todo en Eurasia. Por lo pronto, el mundo observa cómo el rublo bielorruso y el Bitcoin aprenden a convivir bajo el mismo techo, bajo la atenta mirada de un regulador que no deja nada al azar.

